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martes, 12 de agosto de 2025

Maestro Huijing- El apego disfrazado de amor

 

      No importa cuánto acumulemos en esta vida —conocimiento, fama, riqueza o poder—, nada nos sirve cuando llega la muerte. En ese momento, estamos completamente solos, abandonados por todo aquello a lo que una vez nos aferramos. Temerosos e indefensos, debemos seguir el camino del juicio, donde nos espera Yama, el Rey del Inframundo. 

       El Prefacio de los Experiencias registradas de la Recitación de Amitabha (Vol. Uno) describe vívidamente esta escena: 

"En el camino guiado por los guardianes del inframundo, uno tropieza solo entre lágrimas; 

ante la corte del juicio del rey Yama, uno se arrodilla, abandonado y lleno de dolor."

       Al final de la vida, dejamos este mundo con las manos vacías, sin otra opción que seguir a los guardianes del inframundo, impotentes y afligidos. Ningún ser querido puede acompañarnos, ningún éxito mundano puede protegernos, y ninguna autoridad puede intervenir. Ante el juicio del rey Yama, incluso los más grandes entre nosotros deben arrodillarse, despojados de toda defensa, para afrontar las consecuencias de sus actos.

       El Sutra de la Vida Infinita expresa esta verdad de manera conmovedora: 

"Cuando nuestras vidas están a punto de terminar, el miedo y el arrepentimiento atacan al unísono." 

       Este es el destino que nos espera a todos. Sin la guía de las enseñanzas de la Tierra Pura, ¿Cómo podremos afrontar este momento inevitable con paz? Sin preparación, el pánico y el remordimiento son inevitables.

       Los deseos son la raíz del sufrimiento humano. Son corrientes profundas y oscuras que contaminan la mente. Aunque a menudo ocultos, estos anhelos emergen cuando menos los esperamos. Permanecen latentes en tiempos de ocio, pero en cuanto nos dedicamos a la práctica espiritual, emergen como obstáculos, bloqueando nuestro progreso a cada paso. 

       Cuando estos deseos nos abruman, obstaculizan nuestra cultivación y nos arrastran al sufrimiento. En esos momentos, sentimos como si las llamas del infierno nos quemaran el cuerpo y la mente, sin dejar escapatoria. Por eso, al final de la vida, tantos se ven consumidos por el miedo y la desesperación. Como lamenta el Sutra de la Vida Infinita: 

"Cuando se acerca la hora de la muerte, el miedo y el arrepentimiento golpean al unísono."

       El budismo confronta la realidad de la muerte de frente, buscando trascender la impermanencia: la naturaleza fugaz de la vida. Como dice el refrán: 

"Si el rey Yama decreta una muerte a las tres en punto, nadie podrá quedarse hasta las cinco". 

       Cuando llega la muerte no hay negociación ni demora. 

       La vida es una red de conexiones entrelazadas con los demás. Se trata de honrar una deuda de bondad o una deuda de agravio. Solo cuando estas deudas se pagan por completo y el karma se resuelve, uno puede dejar este mundo. Si estas deudas kármicas permanecen sin saldar, es imposible liberarse e irse. 

       Como practicantes del Dharma, debemos comprender que cada adversidad que enfrentamos es el resultado de las semillas que nosotros mismos hemos sembrado. No son castigos de Dios ni decretos del Rey Yama del Inframundo, sino consecuencias naturales de nuestras propias acciones. Reconociendo esto, debemos aceptar la adversidad con entusiasmo, sin resentimiento ni culpa. Solo con esta mentalidad podemos liberarnos de los enredos kármicos. 

       Si, en cambio, respondemos a la desgracia con ira y culpa, solo crearemos nuevos agravios. Y esto conducirá a un ciclo interminable de venganza y sufrimiento.

       Hay un Gatha que nos recuerda: 

Todos saben que el año que viene llegará a tiempo,

así que cada hogar siembra para días lejanos.

Si crees en vidas más allá de esta,

¿por qué no cultivar bendiciones para el renacimiento?

       Pasamos gran parte de nuestra vida planeando el mañana, el año que viene o incluso la próxima década. Si de verdad creemos en el más allá, ¿no deberíamos dedicar esta vida a prepararnos para la siguiente?

       A medida que se acerca la muerte, la mayoría de las personas muestran tres tipos de apego: lo que el budismo reconoce como apegos mundanos disfrazados de “amor”.

       En primer lugar, está el apego a nuestro entorno: no soportamos abandonar nuestro hogar, nuestros seres queridos, los lugares que hemos conocido, sin mencionar nuestra fama y fortuna.

       En segundo lugar, está el apego a nuestro ser físico: no reconocer que este cuerpo es sólo una convergencia temporal de elementos que inevitablemente se disolverán al morir. 

       Finalmente, existe la ansiedad por lo que viene después: cuando nos damos cuenta de que ya no podemos aferrarnos a nuestro entorno ni a nuestro cuerpo, nos consume la incertidumbre sobre si existe una vida después de la muerte y cómo podría ser. Nuestra mayor preocupación se centra en este futuro desconocido: ¿traerá sufrimiento o alegría? Esta fijación en el más allá se convierte en nuestra obsesión final.

       A lo largo de la vida, muchas personas dedican su energía a sus hijos, a sus carreras o a la búsqueda de placeres mundanos, sin prepararse jamás para la realidad de la muerte. Solo cuando se acerca la hora final, el pánico y el arrepentimiento se apoderan de ellas. Como advierte el Sutra de la Vida Infinita: 

“Cuando llega la hora final, el miedo y el arrepentimiento atacan al unísono.”


 


(Traducido por el equipo de traducción de la Escuela Tierra Pura; editado por el jefe de familia Fojin) editado al español por Foxing


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